
"Un solo edificio bien situado podía hacerlo a uno multimillonario prácticamente sin coste alguno, ya que se podía pedir un crédito con la garantía de la futura construcción, y ampliar ese crédito a medida que el valor del edificio [...] fuese subiendo. Al final, como de costumbre, se produjo un desplome -la edad de oro, al igual que épocas anteriores de expansión, terminó con un colapso inmobiliario y financiero-, pero hasta que llegó, los centros de las ciudades, grandes y pequeñas, fueron arrasados por los constructores en todo el mundo [...] En Occidente, el viejo lema del hombre de negocios decimonónico "Donde hay suciedad, hay oro" [...] aun resultaba convincente"
(Eric Hobsbawm; Historia del Siglo XX; Crítica 1995)